Es decir, el ser humano con sus procesos psíquicos, su comportamiento, su vida cotidiana, sus condiciones concretas de existencia, su hábitat, un espacio, una organización social, una estructura familiar, una modalidad de producir, una cultura. Lo más inmediato es que somos seres vivos, seres de necesidades en un intercambio permanente con el medio.
Al hablar de sujeto humano, decimos de un ser bio-psico-social, una unidad. Estamos diciendo de un ser que posee subjetividad, interioridad, un mundo interno; que va construyendo a través de sus posibilidades de internalizar fantaseadamente, el mundo externo, el afuera; en forma particular, única, irrepetible.
Nuestra vida, en ese inter juego del mundo interno y el mundo externo, va desarrollando una existencia material que depende de las relaciones que establecemos con otros seres humanos y con la naturaleza. La forma particular que cada sujeto va creando esa relación con el medio para cubrir sus necesidades más primarias ( alimento, abrigo, sexualidad) la realiza a través del trabajo.
El trabajo es la acción previamente planificada y social. Se diferencia del trabajo de los animales porque hay una estrategia de trabajo que se diseña previamente en la mente de quien trabaja. Es una acción planificada que compromete la capacidad psicofísica del sujeto; mediante esa acción el hombre transforma la realidad externa, cumpliendo en ella sus objetivos. El trabajo es una de las formas de la relación sujeto-mundo, relación por la que opera su contexto y lo modifica según sus necesidades. Desde lo esencial que le es al hombre esa acción planificada sobre el mundo, desde lo esencial que ha sido el trabajo en la génesis de esta especie, capaz del lenguaje, del pensamiento, del dominio de la naturaleza, el hombre es homo faber, es por esencia trabajador, productor.
El trabajo satisface, en forma directa e indirecta, las necesidades que hacen a la conservación de la vida. Vincula al sujeto con el mundo, en tanto es apropiación de lo real, en tanto es aprendizaje, es creativo, transformante, es posible reconocer un producto, es fundamental en la constitución de la identidad. Porque nos devuelve una imagen de nosotros mismos, nos dice quienes somos y cómo somos, es decir, nos confirma de nuestras capacidades.
El sujeto se identifica con ese producto, en el sentido de encontrarse en él. Desde allí su importancia en la constitución y reforzamiento de la identidad.
Somos parte de nuestra obra por simple y sencilla que sea, enriquece nuestro sentimiento de nosotros mismos, los sentimientos de autoestima, de valoración de nuestro YO. El trabajo, en tanto superación del ser humano, de sus necesidades, de transformación de la realidad, es creación, es lúdico, tiene un profundo sentido de libertad. En el trabajo puede haber goce, placer, puede haber pasión. Compromete integralmente al sujeto y determina sus condiciones concretas de vida y de relaciones con otros.
Tanto hombres y mujeres sin trabajo tienen comprometida esa identidad, produce una baja autoestima, una desvalorización de sí mismo.
Nuestra cotidianidad nos duele, dice Ana Quiroga en su libro sobre “Crítica de la vida cotidiana”. Pero es importante tener conciencia del dolor o del placer de la vida para pensarla, para registrarla y poder ver cómo podemos cambiarla, cómo podemos modificar esto que nos hace sufrir, que nos hace mal.
Si nos referimos a nuestro aquí y ahora, ese dolor implica crisis, ruptura de las modalidades, con las formas de vida cotidiana. Hay alteraciones en el ritmo y las posibilidades de producción y consumo,
hay un quiebre de la cotidianidad. Determina modificaciones de hábitos, instala una modificación sustancial en las formas de satisfacer las necesidades. Aparece la incertidumbre, la inseguridad. Desencadena en ansiedades de pérdida y de ataque. Pérdida de lo logrado, de lo poseído. Pero esta pérdida nos ubica en una situación nueva que puede generar una respuesta activa: tratar de resolver
la situación, de comprenderla, de lucharla o también de parálisis, de inmovilidad.
En esta época de tanta crisis, entendiendo por crisis: ruptura, cambio, mutación, cuestionar, protestar, decidir. Las dificultades a nivel vincular que se dan en la familia y en toda la sociedad son muchísimas.
Tomando las estadísticas de los divorcios con respecto al año pasado, no hay más, no podemos decir que debido a la crisis haya más separaciones. Creemos que a veces frente a la situación tan difícil que nos toca vivir en todos los niveles, las familias se unen, se dan energía unos a otros y buscan salir adelante. Si bien es cierto que toda esta realidad complica aún más las relaciones interpersonales, no quiere decir que aumente. Muchas veces las vacaciones y el tiempo libre, los momentos de placer, intensifican las dificultades vinculares en las parejas porque se viven más relajadamente y los conflictos afloran con más facilidad.
Frente a los problemas cotidianos que debemos sobrellevar, nos hacemos fuertes y la pelamos día a día; si hay una buena dosis de amor, de ganas de seguir juntos en el proyecto de familia creado.
Es en estos momentos cuando más se necesita de los afectos, que sostienen y contienen.
Las parejas que ya venían con conflictos serios, probablemente, la crisis ayude a que desencadene más rápidamente en separación.
Talleres de Autoayuda
Los talleres se realizan una vez cada quince días. Concurren mujeres separadas que necesitan un espacio de contención, de comunicación y de poder compartir con otras mujeres sus vivencias personales.
La separación implica una gran crisis (entendiendo por crisis: ruptura, cambio, mutación, cuestionar, protestar, decidir)un cambio fundamental en la vida de la persona. Generalmente está acompañada de un gran dolor, de inseguridad, de sentimiento de fracaso, de impotencia y a veces con violencia.
A través de los talleres los sentimientos que aparecen comunes en las mujeres son: abandono del ser amado, de los familiares, de los amigos y hasta de los hijos.
Una gran desvalorización de sí mismas, cuya autoestima es bajísima. Sentimientos de culpa, ambivalencia (amor-odio), aislamiento, encierro, se sienten juzgadas por los seres más cercanos, se corta la comunicación, generando en ellas bronca, malestar, rencor, dolor.
Si estas cuestiones no son elaboradas, suele suceder que se quedan en la queja y en la autocompasión.
Por eso es tan importante el poder compartir con otras mujeres que viven y sienten las mismas situaciones. Cada caso es particular, diferente, único; como somos las personas pero los sentimientos son comunes. Esto es lo maravilloso de trabajarlos grupalmente. Uno puede con otros elaborar y darse cuenta que existe un espacio de respeto y de esclarecimiento para acompañar tan doloroso proceso y que se puede transformar en crecimiento.
También se plantea el proyecto personal, que deseos y necesidades van recuperando, cuales se pueden concretar en esta nueva etapa, como pueden reparar sus vidas y sus vínculos con los seres queridos. Aprender a valorarse, a respetarse como personas, a amarse.
Otros temas que van apareciendo son: por qué se llega a la ruptura del vínculo, cómo fueron los vínculos con las familias primarias, cuáles fueron los modelos de identificación familiar, qué matrices de aprendizaje recibieron como mujeres, tanto culturales como familiares.
Se van recreando desde las vivencias de cada mujer, los diferentes temas que acompañan a la problemática central que es enfrentar el juicio de divorcio, poder defenderse y lograr los objetivos que se proponen.
Junto con las abogadas creamos un espacio de contención legal y afectiva para tan importante decisión.
Club de Divorciadas.-
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